Mostrando entradas con la etiqueta Roberto Arlt Alrt noche terrible. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Roberto Arlt Alrt noche terrible. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de junio de 2008

Trabajo práctico para la facu...

El profesor de comprensión lectora, un individuo muy irregular en una etapa post-hippie, que se ríe muy fuerte y si lo mirás fijo se pone nervioso, nos hizo leer un cuento de Roberto Alrt, "Una noche terrible" para ver si con tan complicada prosa podíamos entender la trama.

Bien, yo pude, otros dos o tres también, pero la mayoría del curso se asustó al ver muchas letritas juntas y se entregó al jolgorio en tiempo de clases.

Hacia la mitad de la clase, el profesor encomendó redactar un cuento corto que prosiguiera desde el final del cuento de este señor Arlt. Para el final, yo tenía este escrito pero no me lo aceptó porque hay que presentarlo en computadora. Hay que ver si cuando lo lee le gusta, o encuentra en él un delirio paranoico y se tira por la ventana...

He aquí mi cuento, redactado en veinte minutos:

Ricardo camino al registro civil

La luz entraba sucia, a través de las pequeñas y mugrientas ventanas de las oficinas del registro civil. El sol no se atrevía a entrar de lleno, pero los pequeños hilitos de cobre que se colaban entre las manchas de hollín de las ventanas, le quemaba los ojos. Ricardo no había dormido prácticamente en toda la noche.

Le parecía irreal la imagen de Julia. Allí estaba: Feliz, radiante, altiva, a su lado. Después de las largas y horribles conjeturas que experimentó dentro de su mente, en las horas más oscuras, no podía concebir que todas esas personas que tenía a su alrededor estuvieran allí, mirándolo sonrientes. Toda esa noche había imaginado cómo sería la situación. Cómo tomaría Julia cuando él no se presentase esa mañana tan importante. Cómo lo tomarían sus familiares. Cómo lo tomaría la sociedad. Sería como haber cometido un crimen.

Después de haber pasado toda la noche en vela para encontrar todas las justificaciones posibles para su fechoría, no lograba entender qué hacía allí, a punto de casarse. Ya iba camino al andén, a su autoexilio, cuando el súbito recuerdo de los regalos, -los felices regalos de boda, que a su manera proyectaban todo un futuro- lo hizo devolverse al punto de partida. Y elegió la opción descartada.

Y ahí estaba.

Allí, en el registro civil, lo recibió Julia, que no daba en sí de alegría, y su familia –y el amigo boxeador- que no parecían entender por qué el recién llegado tenía el semblante de un cadáver. Bueno, una noche entera sin dormir, y la enferma tortura de intentar correr hacia el abismo de su inmensa fechoría, justificaban ese aspecto perfectamente… pero él no podía contárselos… Ni siquiera en broma.

Luego de esa noche, Ricardo ya no confiaba. No confiaba en Julia, presunta virgen. Estaba resentido con el hermano y el amigo boxeador, porque él sabía que, de no ir, lo hubieran buscado para matarlo, con un revólver automático calibre cuarenta y cinco. La madre siempre fue un factor de alerta. Y los hipócritas del registro civil… ¡bien que pensaban hablar mal de él!

En su mente cansada estas variables se acentuaban cada vez más. Pero ya no tenía oportunidad de huir… Si se hubiera sentado a pensar un segundo más, tal vez habría pensado en qué medio había decidido vivir. Pero no… él… pensando en los regalos…

-¡No voy a firmar!

Escuchó la voz y la sintió venir de muy lejos, a pesar de que había salido de su boca.

-No voy a firmar –repitió – No puedo vivir entre personas que no me fían –continuó, mirando con severidad a la concurrencia, que le devolvía la mirada atónita – y no pienso seguir un segundo más entre ustedes… Adiós.

Y se dirigió a la puerta, tirando la lapicera al piso, mientras le daba la espalda a Julia.

Ya sentía el alivio de su resolución cuando un fuerte golpe lo tiró al suelo. Sintió el ardor y el torso humear… Había olvidado el revólver calibre cuarenta y cinco del hermano.

FIN